Los Menéndez de Yucatán…..

13 mayo 2019

 

Don Antonio Menéndez De la Peña (1845 – 1912)
Doña Ángela González Benítez de Menéndez De la Peña (1846 – 1918), acompañando a su marido, Don Antonio.

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Don Rodolfo Menéndez De la Peña (1850 – 1928)

Se cumple este 12 de mayo el sesquicentenario (1869 – 2019) de la llegada  al puerto de Sisal, en Yucatán, México, de los hermanos Menéndez De la Peña, Rodolfo y Antonio, y de la esposa de este último, Ángela González Benítez, provenientes de Cuba a bordo de la goleta Isabelita.

Habían zarpado en el velero del puerto de La Habana el 10 de mayo escapando a la acción de las autoridades españolas que los acosaban por su vínculo con los independentistas cubanos, convocados en 1868 por Carlos Manuel de Céspedes al grito de ¡”Independencia y Libertad”! (el llamado Grito de Yara) que propiamente inició la Guerra de los Diez Años, misma que fue insuficiente para liberar a la isla del imperio al que estaba sujeta.

Hicieron la travesía con un grupo encabezado por sus abuelos maternos, José Antonio De la Peña y Múgica y Antonia Pérez de De la Peña. Venía también la hermana, Sofía Menéndez De la Peña, que habría de fallecer enferma de tuberculosis unos cuantos años después en la ciudad de Mérida. Antonio Menéndez, el mayor de los hermanos, había contraído nupcias el 30 de abril de 1869, días antes del viaje, con Ángela González. Todos ellos, con unas quince personas más, miembros de la familia De la Peña, cruzaron esa ocasión el Canal de Yucatán tomando rumbo al Suroeste con la intención de iniciar una nueva vida.

Rodolfo Ménendez nos relata acerca del viaje en sus notas biográficas, escritas en 1908. Cuenta cómo el azar determinó el destino de la familia: el abuelo quien pagó el viaje a todos, había considerado en sus planes de huida dirigirse al Canadá, pero en la búsqueda del barco que los trasladaría al puerto de Halifax se topó con un doctor, Méndez de apellido, yucateco de origen, que lo convenció con diversos argumentos de que deberían encaminarse hacia la cercana península. “A poca distancia de Cuba -le dijo-, hay un país, sano, bueno y hospitalario: la vida allí es barata, la gente sencilla y laboriosa. En ninguna parte pueden estar mejor que allí. Ese país es mi patria, Yucatán. La Isabelita es una goleta que hace viajes a Sisal: está hoy en puerto, pues llegó ayer; si usted quiere, puede fletarla, ahí cabe perfectamente toda la familia. En Yucatán estarán como en su propia tierra y a un grito de Cuba. Allí hay varios cubanos y han sido muy bien recibidos. Más aun -agregó- “mi hermano Terencio les recibirá a ustedes y les ayudará en todo cuanto sea necesario”. El abuelo recapacitó y cambió el rumbo de la fuga familiar….. y al hacerlo, el destino vital de todos sus acompañantes…. Dio pábulo así a las generaciones de Ménéndez, los de Yucatán, que los sucedieron. Ya han transcurrido seis de ellas y corre la séptima con el nombre y los genes, cada vez más diluidos es cierto, de quienes llegaron aquel día a las playas yucatecas, hace ciento cincuenta años.

Podemos imaginar la expectativa y la incertidumbre que reinó al momento de la llegada de aquel grupo de cubanos descendientes de españoles. Abuelo y abuela al frente de una larga prole de más de veinte personas que incluía a un pequeño de un año de edad, adentrándose en un territorio ignoto para ellos. Podemos sentir cómo esa incertidumbre se fue instalando en el ánimo de los protagonistas al descubrir que en aquel entonces (1869) Yucatán estaba sumido en las tensiones de la Guerra de Castas iniciada hacía doce años (no terminaría sino hasta empezado el siglo XX). Percatarnos del desasosiego de los recién llegados cuando descubrieron que bajo la gubernatura de José Apolinar Cepeda Peraza, hermano del general Manuel Cepeda Peraza quien acababa de morir después de haber restaurado la república juarista en la península al derrotar por las armas a las fuerzas militares del segundo imperio mexicano, se manifestaba clara una crisis política severa que mantenía los ánimos públicos crispados, por decir lo menos, en medio de una severa atonía económica. Todo ello lleva en suma a pensar que nuestros antepasados, a su arribo a la nueva patria percibieron seguramente un recibimiento muy diferente al que el señor Méndez les había augurado como cierto y seguro en La Habana, unos cuantos días antes. Debieron sin duda pasar por tiempos difíciles.

Al pisar tierra peninsular el grupo se dispersó. Los hermanos varones Menéndez De la Peña, con Ángela, mujer de Antonio, llegaron a Mérida, la capital del estado, y decidieron mientras se daban a conocer como lo que eran, maestros titulados de primera instrucción, iniciar un pequeño negocio de tabaco en el que tenían alguna experiencia por haber trabajado en ello en San Juan de los Remedios, su tierra natal. Se instalaron en un local, ahí entre la esquina de La Tucha y La Tortuga. “Eso daba poco. No encontrábamos trabajo y como nadie nos conocía y la situación financiera del país era muy difícil, parecía segura nuestra ruina”, refiere Rodolfo en sus memorias. Así habrán mal pasado nuestros personajes su primeros tiempos en la tierra de su adopción. El menor de los Menéndez, Rodolfo, confiesa que se desesperó y decidió volver a Cuba unos cuantos meses después de haber salido, con la intención de reincorporarse a la lucha libertaria. Regresaría a Yucatán hasta 1873, cuatro años después, al verse amedrentado por las circunstancias más adversas que encontró en la isla y frustrado por la esterilidad de los esfuerzos empeñados.

Se reencontraron por fin los hermanos Menéndez De la Peña en Valladolid, una de las ciudades de Yucatán en las que se vivió de forma más cruenta y con mayor intensidad el conflicto social que representó la Guerra de Castas, y donde ya para entonces vivían Antonio y Ángela, ejerciendo ambos su profesión, enseñando a leer y a escribir a la niñez maya del oriente del estado y siendo ella la directora de la escuela para señoritas La Esperanza. Un poco antes, en una escala de su periplo yucateco, viviendo en Tixkokob, habían nacido sus primeros hijos… ya mecían la cuna de su descendencia en el Mayab, lo que desde luego les daba carta de naturalidad en su nueva patria. Rodolfo, en 1875 encontró compañera ahí mismo, en Valladolid: Flora Mena y tendrían su primera hija, Libertad, que nació en esa ciudad oriental. Las dos familias encontrarían hacia 1878 un proyecto más integral en Izamal decidiendo mudarse a esa “ciudad de los cerros”, donde nacerían otros de sus hijos. Retornaba la certidumbre y la estabilidad al ánimo de los nuevos yucatecos. A partir de entonces sintieron definido, ya para siempre y hasta sus respectivas muertes, el proyecto común de altruismo y el trayecto inmutable como pedagogos y servidores de la instrucción pública que los animó hasta convertirse en Yucatán, cada uno de ellos, por su propio mérito, en faros de luz y sabiduría, proyectándose desde la humildad de sus respectivas vidas hasta la eternidad de la gratitud yucateca que 150 años después de su llegada les sigue rindiendo homenaje.

Los hijos de Antonio y de Ángela fueron: Yara, Carlos, Bolivia, Sofía, Antonio, Antonio (2), Óscar.

Los hijos de Rodolfo, quien tuvo dos matrimonios, el primero con Flora Mena Osorio, vallisoletana, fueron: Libertad, Rodolfo; Conrado, Conrado (2), Hidalgo, Estrella, Américo, Flora, Héctor e Iván. Tras el fallecimiento de Flora Mena en 1901, Rodolfo volvió a casarse en 1903 con Nemesia Rodríguez y Castillo, originaria de Sotuta, con la que procreó tres hijas: Corina, Cordelia y Leticia.
A esta fecha, todas las personas señaladas anteriormente, primera generación de los Ménendez de Yucatán, han fallecido. Están en el reino de los vivos 6 generaciones descendientes de aquellos mencionados y de los aguerridos que llegaron en la goleta Isabelita en 1869 un día de mayo, como hoy, para transmitirnos sus genes y ofrecernos su ejemplo que admiramos.

En memoria de mis bisabuelos a quienes me enseñaron a querer y a respetar, sin haberlos conocido, escribo esta nota como homenaje y recordatorio de la efeméride familiar en este 150 aniversario de su llegada a nuestra tierra: Yucatán.

 

Rodolfo Antonio Menéndez Menéndez.

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Tercer aniversario de La Jornada Maya

6 julio 2018

Tres venturosos años para el periodismo peninsular se cumplen ya desde que La Jornada inaugurara su presencia dedicada a la península yucateca, ámbito tradicionalmente lleno de letras y de letras combativas, que supieron en su tiempo permear y guiar a nuestra sociedad. Y digo venturosos porque el aporte del ágil, veraz e independiente periodismo que nos ha traído La Jornada Maya, es hoy indubitablemente el mejor ejemplo local del deber ser en la presentación de las noticias cotidianas.
Quienes llevamos en la sangre, en el ADN diríase, el quehacer periodístico, podemos afirmar categóricamente que, en solo tres años de presencia peninsular, La Jornada Maya ha podido establecer la marca de la excelencia en la región. Hoy, tras no pocos esfuerzos de toda laya, desde los económicos hasta los técnicos, el diario acontecer de Yucatán, del país y del mundo, se ve reflejado de forma inmejorable en las páginas del rotativo.
Hago votos fervientes y entusiastas por que continúe La Jornada Maya arraigándose en esta nuestra sitibunda tierra y nutriéndose como las raíces de la ceiba secular, en lo profundo del roquedal querido. Aquí apreciamos la flor y el fruto de su gallardía periodística.
¡Enhorabuena!
Rodolfo Menéndez y Menéndez.
Mérida, julio de 2018.

Un río llamado Grijalva

12 abril 2018
Expedición de Juan de Grijalva 1518 de Wikimedia Commons.
Imagen tomada de Wikimedia. Autor del mapa: wikipedista Jaontiveros.

1518 – 2018

Hace quinientos años, el 8 de junio de 1518, un mozalbete forastero de 28 años le puso Grijalva, su apellido, a uno de los grandes ríos de Mesoamérica y … el río que los mayas chontales de la región llamaron antes Tabasco sigue llamándose así: Grijalva. Esta es la historia.

Se cumple el medio milenio de que Juan de Grijalva, conquistador español, castellano de la provincia de Segovia, nacido en Cuéllar en 1490, pusiera su apellido para nombrar al caudaloso río en el que se internó navegándolo en su bergantín aquel día, cerca del comienzo del verano de 1518. Poco antes, este joven había sido comisionado por su tío Diego Velázquez, entonces gobernador de la isla de Cuba, para encabezar la segunda expedición hacia Yucatán que los españoles recién llegados a América creían región insular,

La expedición que contó con 4 embarcaciones y 240 hombres había salido casi cinco meses antes, en enero de ese mismo año, de la población de Santiago en el extremo oriental de Cuba, para una nueva exploración de la entonces ignota (para ellos) península de Yucatán, cuya guerra de conquista estaba lejos de iniciarse.

Realizó primero un rodeo insular deteniéndose en Matanzas unas semanas seguramente para avituallarse y cruzar después el canal que conecta el mar Caribe al Golfo de México y hacer una escala en la isla de Cozumel en donde permaneció hasta el mes de mayo, tiempo suficiente para que se diera nombre al lugar: Santa Cruz de Puerta Latina y para que Juan Díaz, el capellán y relator que había designado el tío Diego para la expedición, dijera la primera misa católica en la historia de lo que ahora es México. Era el 3 de mayo de 1518.

Ya con los calores primaverales retomaron su rumbo los expedicionarios hacia el norte, creyendo navegar entre dos islas, para seguir el litoral yucateco y repetir el recorrido que un año antes, durante los primeros meses de 1517, había realizado Francisco Hernández de Córdoba, al que el mundo contemporáneo quiso atribuir el mal llamado “descubrimiento” de Yucatán. Este, Hernández de Córdoba, tuvo que regresar a Cuba después de una fiera escaramuza con los putunes o cohuoes (etnia chontal maya) de la que salió malherido en la población de Chakán Putum (hoy Champotón, Campeche, México). Moriría poco tiempo después a consecuencia de las heridas recibidas en aquella para ellos desafortunada escala de la expedición de 1517.

En esta segunda expedición al Yucatán ordenada por Velázquez (habría una tercera, la de Hernán Cortés), Juan de Grijalva, nuestro explorador cuellarano correría suerte distinta a la de su antecesor. Había prometido al tío que le confió el mando de la expedición colonizar tierras y establecer base en el territorio. Debía arriesgarse. A sabiendas, tuvo la osadía de volver a hacer un alto en su camino en la población llamada por ellos mismos ”de la mala pelea”, Chakán Putum, en la región de los aguerridos putunes, precisamente donde hirieron de muerte al capitán de la primera expedición.

Volvieron a enfrentarse mayas contra foráneos como el año precedente lo habían hecho, llevando en esta ocasión la peor parte los de casa. Mataron al batab (jefe) maya y aunque Grijalva también resultó herido por flecha, perdiendo en la pelea dos de sus dientes, pudo recuperarse y continuar su correría rumbo al destino que la historia le tenía reservado. Siguieron pues, él y los suyos, navegando rumbo al sur-poniente hasta alcanzar la laguna de Términos haciendo escala en lo que es hoy isla del Carmen. “Términos” fue el nombre que acuñó para la gran aguada Antón de Alaminos, piloto de la expedición -lo fue también en la expedición de Hernández de Córdoba y lo sería en 1519 con el propio Cortés-, quien sostenía la idea de la insularidad de Yucatán y que supuso en aquel entonces, al internarse en la laguna, que ahí terminaba la isla.

Cuenta Juan Díaz, el capellán relator, en su “Itinerario de la Armada”, en que narra los acontecimientos que vivieron, que en esa escala de la expedición se extravió en la isla a la que descendieron en busca de agua dulce y víveres, una lebrela (galgo hembra) que les acompañaba precisamente para cobrar piezas de cacería como venados y conejos. El animal había desembarcado con algunos de los expedicionarios perdiéndose en su incursión, teniendo que partir sus amos se fueron sin ella, abandonándola. Lo curioso del caso es que un año después, uno de los barcos de la expedición de 1519 que encabezaba Cortés, encontró a la lebrela cuando, obligados por un mal tiempo, tuvieron los tripulantes que recalar en la isla. Parece que el animal dio muestras de gran júbilo, ladrando y correteando sin cesar, al ver la embarcación parecida a la que la había abandonado, facilitando así su inusitado e improbable rescate.

Poco después del deplorable abandono de la lebrela llegaron los expedicionarios a la región de Centla. Desde el mar pudieron divisar la desembocadura impresionante del gran río. Así lo relata Díaz:

“Comenzamos a 8 días del mes de junio de 1518 y yendo la armada por la costa, unas seis millas apartada de tierra, vimos una corriente de agua muy grande que salía de un río principal, el que arrojaba agua dulce cosa de seis millas mar adentro. Y con esa corriente no pudimos entrar por el dicho río, al que pusimos por nombre el río de Grijalva. Nos iban siguiendo más de dos mil indios y nos hacían señales de guerra, este río viene de unas sierras muy altas y esta tierra parece ser la mejor que el sol alumbra; si se ha de poblar más, es preciso que se haga un pueblo muy principal: llámase esta provincia Potonchán.”

Juan de Grijalva decidió internarse por el caudaloso río luchando contra corriente hasta la población de Potonchán, lográndolo. Se entrevistó ahí con el gobernador maya (el Halach Uinik) con el que intercambió regalos sin entrar en mayores conflictos con la población que miraba expectante a los visitantes. Fue en este encuentro cuando los españoles obtuvieron los primeros informes del imperio azteca situado según los informantes al occidente de aquellos parajes, en el altiplano: “¡Colua Mexica!” contestaban los lugareños cuando los expedicionarios preguntaban por el oro contenido en algunos de los presentes que se les ofrecieron.

Así pudieron los recién llegados constatar la importancia del río y el valor estratégico del sitio. Un año después, en 1519, llegó navegando al mismo lugar Hernán Cortés quien fue recibido con abierta hostilidad por los habitantes. Se enfrascaron entonces en una fragorosa batalla, la renombrada batalla de Centla, de la que salieron vencedores los españoles, hecho que permitió fundar la primera población de la Nueva España: Santa María de la Victoria. La conquista de México había empezado.

Pero regresemos a la expedición de Grijalva para concluir nuestra historia. Reconocido el gran río y habiéndolo bautizado entre ese pequeño grupo de exploradores con el nombre del jefe siguieron su ruta por el litoral hacia lo que hoy es Veracruz. La imaginación de Grijalva era modesta: al lugar en que hicieron escala le dio su nombre de pila: Juan… bueno el de su santo patrono: San Juan, San Juan de Ulúa, esto último fue una concesión graciosa a los lugareños que llamaban a esa pequeña isla Kulúa.

Un poco más se extendió la expedición de las huestes de Grijalva. Llegó hasta la desembocadura del Pánuco más al norte. En ese punto se decidiría el retorno de la expedición a Cuba. Tenía Grijalva suficientes cosas para contarle al tío… Cuando finalmente arribó a la isla se percató para su desventura que el tío lo que menos quería eran cuentos. Por los que él pudo hacer solo recibió frialdad del pariente poderoso y desde luego su enorme enojo y desprecio. ¡Ninguna nueva posesión para la corona, ningún asentamiento prometedor, nada material! Puro cuento. Grijalva fue destituido como comandante y reemplazado por don Hernán Cortés, quien tendría a su cargo una nueva expedición: la tercera, la vencida.

Juan de Grijalva, desilusionado, golpeado su fuero interno por su suerte y por la codicia de sus compatriotas, emprendería años más tarde dos nuevas exploraciones: una en el litoral del Golfo de México y la Florida acompañando a Francisco de Garay y la otra, en 1527, en la que se unió a Pedrarías Dávila para conquistar Honduras y Nicaragua y que se convirtió en su tumba, ya que en esos lares fue muerto a manos de los nativos y sus restos se perdieron en la naturaleza que vino a conocer.

No sé si para amainar su desilusión el joven Grijalva pensó algún día en que el desagrado del tío, su destitución y la amargura que le produjo la falta de reconocimiento a lo que había logrado, serían compensados por la historia que seguiría, más generosa para con su persona, su nombre y su estirpe. Prueba de esa generosidad histórica es el hecho de que quinientos años después de los acontecimientos aquí relatados seguimos hablando de esa odisea en tierras mexicanas y de que su marca personal, el nombre de su familia, a pesar de todo, a pesar del mismo proceso arbitrario y feroz usado por él y por los suyos para despojar a los lugareños de cuanto patrimonio tenían, hasta del inmaterial, su nombre, decía, el de Grijalva, sigue siendo usado para mentar al majestuso caudal que surge de las mismas cimas cuchimatanas en Guatemala, de las que los propios mayas surgieron y donde se consolidaron lingüísticamente antes de dispersarse y florecer como lo hicieron por los confines mesoamericanos, al través de muchos, muchísimos siglos antes de la llegada de los europeos. Hoy y aquí así es: el nombre es río Grijalva y no río Tabasco como debería ser.

Rodolfo Antonio Menéndez.
Mérida, Yucatán, 2018.

Quinientos años de la expedición de Hernández de Córdoba (descubrimiento de Yucatán)

18 febrero 2017

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(1517 – 2017)

Francisco Hernández de Córdoba, nacido en Córdoba, España, ca. 1467 y fallecido en Sancti Spíritus, Cuba, 1517, fue un explorador y conquistador español que pasó a la historia por la expedición que dirigió entre febrero y mayo de 1517, durante la cual quedó registrada para el imperio español lo que ellos denominaron “el descubrimiento de la península de Yucatán”.

Vale aquí citar a nuestro querido amigo ya fallecido Michel Antochiw Kolpa, historiador y cartógrafo, quien en su ”Historia Cartográfica de la Península de Yucatán” señala y sustenta cartográficamente: “….Existe la posibilidad de que Yucatán haya sido visitado por lo menos dos veces antes de su “descubrimiento”, ambas por navegantes portugueses, la primera vez desde el norte, la segunda desde el sur…” Y decir también, que la propia enciclopedia “Yucatán en el tiempo”, en el artículo correspondiente a “Historiadores de Yucatán” señala: “…todavía persisten dudas sobra la fecha real y la identidad del autor del descubrimiento (de Yucatán), ya que el mapa más antiguo en que aparece Yucatán data de 1513, cuatro años antes del viaje de Hernández de Córdoba.

Más aún, en 1511 había naufragado un barco de la flota de Diego de Nicuesa, que regresaba a La Española y algunos de sus ocupantes consiguieron salvarse. En efecto, en el momento en que los soldados de Hernández avistaron y nombraron a El gran Cairo, en la costa yucateca, muy cerca de Cabo Catoche, dos de esos náufragos, Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero, vivían ya en la región del Mayab, hablaban la lengua maya de la zona, y el segundo incluso, gobernaba una comunidad indígena.

Ahora bien, nada de lo anterior quita mérito al “descubrimiento” (lo sigo entrecomillando) de Hernández de Córdoba, por cuanto que con relación a los portugueses, aunque se acepte que avistaron las tierras del Mayab, ellos no registraron historiográficamente el evento, ni allanaron el camino para el reclamo de nuevas tierras, como sí lo hicieron los europeos que siguieron los pasos de Hernández de Córdoba, hasta lograr la conquista territorial que marcó la historia. Y, con relación a los náufragos, pues eso fueron: náufragos que llegaron al Mayab por accidente, sin voluntad de hacerlo y su “descubrimiento” hubiera quedado en el olvido de no haber sido rescatado uno de ellos, Jerónimo de Aguilar, años después, en 1519, por el mismísimo Hernán Cortés.

Estamos conmemorando pues, sin entrar en los vericuetos de un viaje épico que merece relato en torrentes y no sólo las cuantas líneas que aquí escribimos a manera de recordatorio histórico de un hecho clave para el devenir de la región y de nuestras propias vidas, el quinto centenario (medio milenio) del “descubrimiento” de la península de Yucatán, hoy territorio de México y morada nuestra….

Culmino el relato conmemorativo, a reserva de volver a él con otro hilo conductor en fecha próxima, recordando también que esta expedición fue encargada a Hernández de Córdoba por Diego Velázquez, el entonces gobernador de Cuba, con el propósito ulterior, según Bernal Díaz del Castillo, de conseguir “indios” para que trabajaran en las propiedades de los españoles que ya vivían en la isla. Y remato, para la recolección de todos: la expedición costó la vida a Hernández de Córdoba quien falleció a los pocos días de regresar a Cuba, el mismo año de 1517, como consecuencia del propio viaje ya que fue herido con flecha por los “indios” mayas que había venido a buscar para esclavizarlos, en Potonchán (Champotón), en la escaramuza -que no batalla- denominada por los perdedores como “la mala pelea” y había sufrido durante su retorno, que se hizo con escala (por la sed) en la Florida, de tal manera que su salud quedó gravemente comprometida, sobreviniendo poco después, a su arribo a Cuba, el desenlace fatal. Irónico, sí, que el viaje que lo hizo inmortal ante la historia fue el mismo que le quitó la vida.
Rodolfo Menéndez.

Imagen superior tomada de Wikipedia, ella es trabajo original del wikipedista Jaontiveros. CC BY-SA 4.0,

Wikipedia

Consumatum est. Adiós a la soberanía de México sobre sus energéticos.

15 diciembre 2013

Petróleo, hace 75 años

Hace 75 años se estableció la soberanía energética de México al promulgar el general Cárdenas, entonces presidente de la República, el decreto expropiatorio de los bienes de las 17 compañías extranjeras que operaban entonces en la nación, para convertirlos en propiedad de los mexicanos.

Durante el tiempo que ha transcurrido vivimos en este país al resguardo y bajo la protección de esa acción legal que transformó la naturaleza de la propiedad de los energéticos de que disponemos en nuestro subsuelo.

Mal que bien o bien que mal, gozar de esa soberanía permitió sostener en buena medida la economía nacional en todos estos años. Hasta hoy, solamente en materia presupuestal, más del 30 por ciento del egreso público, con toda su perversión,  proviene de las cuentas petroleras de la nación.

Desde hace 35 años las cosas comenzaron a marchar muy mal. Empezando por los delirios de un presidente que mal administró el recurso estratégico que entonces alcanzó un máximo valor histórico en el mercado internacional por causas ciertamente ajenas a México.

Siguieron a lo largo de estas décadas administraciones, unas más corruptas que otras, pero todas incapaces de conducir a buen destino la gestión de nuestro patrimonio energético. Todas ellas, sin excepción, marcadas por el estigma de la codicia y de la rapiña que prohijaron, para ser encubiertas, más codicia y más rapiña en torno y dentro de la paraestatal petrolera, que se volvió pieza central de la discordia y del apetito de los saqueadores.

En vez de resolver los problemas centrales del mal manejo patrimonial, de la perversión que se adueñó del sistema, de la corrupción generalizada que todo lo invadió, a nuestros dirigentes se les ocurre en esta nueva administración que la única manera de resolver nuestros requerimientos económicos, empezando por los fiscales, es enajenar la riqueza que hasta hoy, precisamente el día de hoy, era nuestra.

Con los estados de Yucatán (qué vergüenza), Tamaulipas y Puebla, cuyos Congresos han aprobado la reforma energética este fin de semana, subrepticiamente, trabajando horas extras, sin que nadie los vea, se completaron dieciséis entidades federativas, que ya integran la mayoría del constituyente permanente, lo que abre la vía legal para la promulgación de las modificaciones a los artículos 25, 27 y 28 constitucionales, que revierten el decreto cardenista de hace 75 años.

Consumatum est. Se acabó el sueño. La Constitución General de la República en materia de soberanía energética será desmantelada. Sólo falta la puntilla que con gran alegría dará el autor material de esta infamia, seguramente en las primeras horas de está antepenúltima semana del año de 2013.

Dicen atingentes los autores que no es privatización. Que de Pemex, ni un tornillo. ¡Y para qué lo quieren! Si con la negociación de la riqueza en el subsuelo tendrán suficiente para baratar, íntegro, el patrimonio que era de todos.

En lugar de recorrer la vía honesta de resolver los problemas de corrupción, de administración, de tecnología, que se fueron gestando de la mano de la ineptitud, con nuestros propias fuerzas, recursos y potencialidades, prefirieron la vía fácil, cómoda y traidora de modificar nuestra ley suprema para actuar como lo que son: mercaderes.

Y lo hacen además, sin siquiera la gracia de medio preparar al país para lo que se avecina. ¿Con qué estructuras, con qué instituciones, con qué fortaleza interna, con que juridicidad, se sentarán en la mesa de los tiburones internacionales a jugar un juego que ignoran y que perderán por necesidad porque carecen de los instrumentos más elementales para afrontar a los adversarios?

¡Días aciagos nos esperan a los mexicanos! Por mi parte, a mis hijos y a mis nietos les pido perdón, desde aquí y para siempre, por no haber sabido defender el patrimonio que nos legaron nuestros progenitores.

Rodolfo Menéndez.

Mérida, Yucatán, diciembre de 2013.

Fernando Castro Pacheco, gran pintor yucateco (1918–2013).

10 agosto 2013

Castro Pacheco Guerra de Castas

La cruenta “Guerra de Castas” que se vivió en Yucatán a mediados del siglo XIX, representada en un mural de Fernando Castro Pacheco en el Salón de la Historia, Palacio de Gobierno, en Mérida, Yucatán.

Ha muerto uno de los más importantes artistas plásticos del Yucatán contemporáneo. Este 8 de agosto pasado, a los 95 años cumplidos, Fernando Castro Pacheco dejó de existir.

Fue pintor, muralista, escultor, grabador, ilustrador. Conocido ampliamente por sus murales transportables, expuestos en el “Salón de la Historia”, en el Palacio de Gobierno de Mérida, Yucatán, que evocan el espíritu y la historia del pueblo yucateco con extraordinario sentido estético. Fue don Fernando gran artista con arraigo local y al mismo tiempo conocido y apreciado nacional e internacionalmente.

Un cáncer maligno que padecía desde hace años terminó quitándole la vida a los 95 años cumplidos (nació el 26 de enero de 1918).

Hace tiempo publicamos en su honor una pequeña galería con algunas de sus obras.

Hoy le recordamos con cariño y admiración.

Castro Pacheco venta de esclavos

Venta de esclavos en Yucatán.

Juan Duch Gary, a diez años de su fallecimiento

8 julio 2013

(18 de julio de 2013)

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Diez años hace murió mi amigo, Juan Duch Gary. Con cariño fraternal renovado evoco su nombre y convoco a su memoria. Una vez más soy eco de sus frases que hago mías: “No conozco, ni acierto a dar con palabras más exactas, profundas y bellas para expresar lo que siento, que las muy conocidas de nuestro queridísimo Miguel Hernández: Tanto dolor se agolpa en mi costado, que por doler, me duele hasta el aliento… Porque me duele de múltiples dolores el que te anticiparas en el trayecto que conduce hacia el fondo insondable del reino de la luz, en esta hora de las sombras subterráneas a que nos convocara León Felipe…”

 

Imposible no Mirar.

Yo podría volar si no mirara
adentro de los ojos y del llanto
de los hombres que pasan a mi lado,
de los niños que juegan en la calle,
de los viejos que arrastran su cansancio
por este mundo de olvido inexplicable.

Yo podría fugarme de esta celda
si no viera la pena que aletea
en la parte de adentro de los rostros,
en el fondo de todas las miradas,
en la llaga de todos los dolores
que fraccionan la piel y la aprisionan
por la cruel dictadura de la carne.

Yo podría volar si no mirara….

Final del vuelo

Háganme bajo la arena de los mares,
un tibio claustro
para guardar los sueños
que en tardes de lluvia y de jazmines
me pueblan los cabellos y la frente.
Pongan junto al aceite
de alimentar la lámpara ;
sobre el delicado fieltro
de recoger el polvo y los misterios ;
una blanca porción de nube derribada
y un almidonado traje
con su largo bastón de caminante.
En un día de ráfaga y destello
regresaré de mi vuelo itinerante
y encontraré reunidos,
en mi amable reducto solitario,
los ingredientes de la fantasía
despiertos y agrupados.
Procuraré alentar su movimiento
sin ataduras de elipse planetaria ;
con un soplo perpetuo.
Reduciré el camino de mis pasos
a la quietud admirable de los astros.
Y viviré la vida en algodones
sin piel, sin huesos y sin nervios.

 

Juan Duch Gary

Adiós a Calderón…. presidente que falló.

28 noviembre 2012

Calderón

No hay plazo que no se venza. El del presidente Calderón ha concluido.

En estas últimas semanas el presidente saliente ha emprendido un frenético periplo por la República para cacarear los huevos que dice que puso a lo largo del sexenio que agoniza.

Pondera sus haceres gubernamentales como si tratara de convencerse a sí mismo de que su tarea de dirigente político fue venturosa y de provecho para la nación. Virtualmente no hay rubro en el que según su parecer las cosas no hayan marchado bien.

Yo me pregunto y estoy cierto de que conmigo hay muchos mexicanos haciendo lo mismo, si en este recorrido que él quisiera triunfal por nuestra depauperada geografía, el hombre tendrá la capacidad para, aunque sea en la intimidad, hacer una elemental autocrítica por lo que no hizo o hizo mal. Acompañándole, noticiero tras noticiero, día tras día, en estas últimas interminables semanas, me quedo con la impresión de que no. Que no es, ni será capaz de escudriñar el fondo de la triste realidad en que abandona el cargo que hace seis años le conferimos los ciudadanos. Pero ni siquiera de acercarse a ella.

Asumir su fracaso sería mucho pedirle. Va contra la naturaleza humana. Que reconozca al menos, envuelto en ese caudal de auto elogios en el que se ha y nos ha sumergido, algunas de las aplastantes fallas de su mandato.

Dónde quedaron los problemas medulares del país. ¿Dónde quedó la corrupción, siempre rampante?  ¿Dónde quedó la educación nacional? ¿Dónde la miseria reinante?

No podrá negar el presidente que se nos va ¡gracias Señor! que hoy los mexicanos somos más, y esto no gracias a él, pero mucho más pobres que cuando llegó al mando. Nos falló.

Tampoco podrá esconder que una de los más lacerantes problemas nacionales, el de la educación, hoy está mucho más lejos de resolverse, que cuando él enfrentó el reto hace seis años. Nos falló.

Y la corrupción generalizada, ¿ha sido resuelta? o tan siquiera ¿estamos en camino de hacerlo? Tarea que ni siquiera reconoció. Tarea para la que no brindó su liderazgo. Nos falló.

Y nuestros muertitos, ¿cuántos fueron finalmente: 50, 60, 70 mil? Nadie lo sabe. Él los produjo y ni él supo cuántos. Una guerrita tan soterrada como cruenta en la que nadie ganó nada y todos perdimos. Y se ufana todavía de su fracasada estrategia. Nos falló.

México le despide con dolor señor presidente…. pero no porque se va, sino porque estuvo. Estuvo y no cumplió.

Mérida, Yucatán, 27 de noviembre de 2012.

Le jour de gloire est arrivé…

14 julio 2012

Tour Eiffel 14072012

14 Juillet, 2012…

Ese punto azul pálido……

8 julio 2012

Ese punto azuk pálido

Ese punto azul pálido es la Tierra, nuestro planeta. La fotografía fue tomada en 1990 por la sonda espacial Voyager 1 desde una distancia de 6 000 millones de kilómetros. También es el título de un libro de Carl Sagan, astrónomo y cosmógrafo fallecido en 1996, que se inspiró en esta fotografía.

El comentario de Sagan sobre ese planeta distante en la foto, cercano, muy cercano para nosotros, fue:

“Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. Ahí ha vivido todo aquel de quien hayas oído hablar alguna vez, todos los seres humanos que han existido. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cada cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada niño esperanzado, cada madre y cada padre, cada inventor y explorador, cada maestro moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí – en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol. La Tierra es un muy pequeño escenario en una vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de un lugar del punto sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra parte del punto. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestros posicionamientos, nuestra imaginada auto-importancia, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo … Todo eso es desafiado por este punto de luz pálida. Nuestro planeta es un solitario grano de polvo en la gran penumbra cósmica que todo lo envuelve. En nuestra oscuridad -en toda esta vastedad-, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. Dependemos sólo de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, en este momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, y yo añadiría que formadora del carácter. En mi opinión, no hay quizá mejor demostración de la locura de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amable y compasivamente, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que jamás hemos conocido.”